Cómo se creó Pesadillas del Futuro

 Cómo se creó Pesadillas del Futuro

Muchos me han preguntado cuánto tiempo tardé en escribir Pesadillas del Futuro. De hecho, creo que es la pregunta que más se repite cuando hablo del libro, tan solo por detrás de: «¿Cómo se llama el libro?» y: «¿Cuántas páginas tiene?». Mi respuesta siempre es la misma: «Dos años, tardé dos años». Pero obviamente es una respuesta resumida. No fueron dos años justos, ni tampoco escribí durante dos años todos los días. El proceso de escribir un libro tiene muchas partes, más para un escritor novel que empieza sin saber muy bien hacia donde ir.

En 2011 me encontraba en una etapa un tanto rara para mí. Había terminado mis estudios secundarios y tenía la opción de estudiar lo que quisiese, pero no lo tenía del todo claro. Tenía muchísimas dudas. El verano se terminaba y me apunté a un ciclo que no era para mí. Pensé que podría estar bien, pero me di cuenta al poco de comenzar que eso no iba conmigo, así que lo dejé. El tiempo había pasado y me quedé sin poder entrar a ningún otro ciclo ni curso escolar. ¿Qué hacer? Intenté aprovechar el año y echar currículums para encontrar algún trabajo, pero sin éxito. Normal…

Tuve mucho tiempo libre. ¿Cómo ocuparlo? ¿Qué hacer de provecho? Desde pequeño me había gustado escribir. Me distraía, dejaba volar mi imaginación. En aquel entonces ya había escrito algunas cosas, todas intentos fallidos, simples pasatiempos. Me dije a mi mismo que podría estar bien escribir un libro. Pero escribirlo de verdad. Dejar de intentarlo y pasar a hacerlo. No recuerdo exactamente el día ni en que momento dejé que mis dedos tecleasen las primeras líneas de un nuevo documento en blanco. Solo sé que me puse a ello. Una idea de un mundo, una idea de un protagonista y poco más… Quería comenzar con la escena del bosque y la huida de unos hombres. Aunque después todo se fue ampliando. Era octubre, de eso si me acuerdo. Comencé sin tener muy claro cómo sería la historia, hacia donde avanzaría Soul, o que pasaría al final, pero aún así recuerdo haber escrito «Pesadillas del Futuro» en lo alto de la primera página. Era un nombre provisional, sabía que era mejor elegir un nombre al haberlo terminado. Y pese a todo, ese fue el nombre único y definitivo. Busqué otros, pero nunca se me ocurrió uno que me convenciese más.

Una de mis motivaciones llegaron directamente de la película «The Road», basada en la novela homónima de Cormac McCarthy. Me impresionó tanto, me cautivó de tal manera, que inspiró en mí las ganas de crear algo semejante. No una copia, por supuesto. Pero sí un mundo como aquel, un ambiente tan hostil y una visión tan terrorífica de un posible futuro. Algunos me han dicho ver inspiración en mi libro de juegos como «Fallout», de películas como «Mad Max» o «El libro de Eli», y de novelas como «Metro 2033». De todos estos ejemplos creo que se podría encontrar alguna inspiración en mi libro, pero si pensaba en alguna inspiración al comienzo, esa era principalmente la de la película «The Road».

Quizás era ya finales de 2011 cuando conseguí una situación cada vez más perfilada y un objetivo más claro. Llevaba un buen ritmo —para estar empezando—, y estaba a gusto con lo escrito hasta ese momento. Pero aún me faltaba muchísimo. Por esas fechas —creo que comienzos de 2012— llegó mi primer bloqueo con el libro. No fue un bloqueo directo, más bien un parón. Recuerdo que comencé otros proyectos no relacionados con la escritura, y abandoné por unos meses lo que tenía. Lo abandoné demasiado… La chispa que se creó al principio y la ilusión que puse se fueron apagando. ¿Me bloqueé, o simplemente no tuve ganas de seguir? Los meses pasaron, y no escribí. Me olvidé mucho. Casi me olvidé de Soul, casi olvidé que había dado vida a unos personajes que esperaban por mí, una historia que tenía que ser escrita. Pasaron tantos meses que un día me sorprendí a mi mismo recordando el libro. Fue absurdo. Recordar que estaba escribiendo un libro y que casi incumplo mi propia promesa de terminarlo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Creo que ya era agosto o septiembre de 2012. Demasiados meses sin escribir… Me costó volver a la carga. Pero lo hice. Se activó de nuevo la chispa.

Comenzó una nueva etapa. Empecé a darle mil vueltas. A planificar todo mucho mejor. Quizá había empezado con mal pie. Era nuevo… Días y días pensando. Cientos de ideas apuntadas. En esa etapa el libro comenzó a formar parte de mi día a día. Aún sin estar escribiendo en él. Estuviese donde estuviese, hiciese lo que hiciese, siempre había algo de él dentro de mi cabeza. Alguna idea, alguna conversación, palabra, momento, lugar… Los personajes cobraron más vida, empecé a sentir lo que ellos sentían. Lo que podrían decir en una determinada situación, como se comportarían en cierto momento… Fue una unión ilusoria. Yo era ellos, ellos eran yo. Y entonces, cuando debía llevar sobre 100 páginas, después de cambios, después de planear, después de tener todo más claro, decidí que necesitaba una ayuda. Alguien tenía que leerlo. Lo necesitaba para continuar. Sentí que si no lo hacía volvería a caer en ese limbo de los escritores. Así que se lo enseñé a unos amigos por internet e imprimí una versión física. Necesitaba tanto tener una replica en mis manos. Saber que aquello se estaba formando y que algún día sería una novela completa. La copia me sirvió también para ver errores, y para hacer pruebas. Además se la pude dejar leer a mi tía para tener más opiniones.

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_MG_2610_MG_2616(El libro en su versión final junto a la primera impresión de prueba)

Recibí palabras de ánimo. La historia parecía gustar. Todavía había que cambiar algunas cosas, pero por fin estaba de vuelta. Me puse realmente en serio. A finales de 2012 estaba en pleno rendimiento. Había empezado a cursar el ciclo de informática ese año, ya no tenía tanto tiempo libre, pero aprovechaba los fines de semana para avanzar. Recuerdo que solía escribir casi un capítulo entre viernes y domingo. De lunes a jueves me detenía a corregirlo, modificarlo si hacía falta, y planear el próximo. Y para el fin de semana siguiente estaba de nuevo escribiendo otro. Fueron semanas muy productivas. Las ideas llegaban y me veía cada vez más cerca del final. Pero entonces, un día sin saber muy bien por qué… otro bloqueo. No podía ser. ¿Por qué otra vez? Quizá intenté tocar el final antes de tiempo, ya habría ocasión para eso —un tiempo después, leí que no es bueno pararse a corregir continuamente lo escrito. Es mejor escribir todo, y una vez terminado pararse a revisar. ¿Podría haber sido eso?—. Sabía como quería seguir, pero una sensación amarga me bloqueaba.

Y allí estaba otra vez. En ese lugar donde todo está parado. Donde nada avanza. Las ideas me pedían a gritos salir de mi cabeza, pero mis dedos no querían moverse. Quise tomarlo con calma. Me dije a mi mismo que lo acabaría, vaya que si lo acabaría. No había llegado hasta ahí para dejarlo todo. Tenía alrededor de 210 páginas y sabía como acabaría. De hecho, una noche soñando me llegó la idea del final. Y me entusiasmé muchísimo. Sin embargo, empezaba la recta final de ese año en el ciclo y tenía que aplicarme con los estudios. Decidí hacer una segunda impresión física de todo lo que tenía hasta ese momento. Pensé que así podría leerlo todo tranquilamente buscando errores, y que para cuando terminase, estaría preparado para proseguir. Aproveché las horas muertas en clase para corregirlo, lápiz en mano, buscando errores. Algunos amigos se enteraron entonces de que escribía un libro, ya que hasta ese momento había sido casi un secreto personal.

Finalmente llegó el verano de 2013, había terminado de leer todo lo que tenía, pero el número de páginas seguía siendo el mismo. Tiempo atrás ese mismo año me había imaginado a mi mismo terminando el libro en agosto como mucho, pero ya era julio y ahí estaba sin hacer nada. Me costaba horrores ponerme delante del documento para seguir escribiendo… Por suerte, una gran amiga, Tamara Andrés —la razón de que haya una sección de agradecimientos en el libro—, consiguió activar de nuevo mi chispa. Le conté que escribía un libro y que estaba bloqueado. Fue la persona a la que más cosas le conté del libro, y creo que fue justo lo que necesitaba para continuar. Le dejé leer la segunda impresión que había hecho —la que tenía errores marcados por mí a lápiz—, y pocos días después de hablar con ella, me decidí. Abrí el documento y continué. Lo hice al principio dubitativo, pero todo lo que había creado comenzó a envolverme de nuevo y fue fácil. Como tenía que ser.

Todas las ideas reprimidas, todo lo que había imaginado para las 100 últimas páginas salieron despedidas como un rayo. Lo tenía todo tan pensando que apenas tuve que pararme demasiado. Tamara terminó de leer la versión impresa —en la que encontró muchísimas más faltas de ortografía— y me volvió a dar más energías para continuar. El libro gustaba. No podía estar más satisfecho en aquel momento. Se terminaba, por fin después de los bloqueos, de los meses en pausa y de los casi dos años desde que había empezado… Allí estaba escribiendo el último capítulo. E incluso a aquellas alturas, caí en la cuenta de nuevas ideas, cambios necesarios… Fue en septiembre —el mes en el que nací— cuando terminé el último capítulo del libro, y fue en octubre —el mes en el que comencé el libro—, en el que escribí el epílogo. El punto y final definitivo.

Había pensado en un epílogo muchas veces. Tenía tres en la cabeza. Tres posibles finales para cerrar la historia de Soul. Tenía un suceso que no cambiaría, eso lo tenía bien claro, pero el después estaba difuso… Así que al principio pensé en no escribir un epílogo. Imprimí las últimas páginas que todavía le faltaban por leer a Tamara y se las di de nuevo para obtener la primera opinión completa del libro. Y cuando terminó, los dos coincidimos en que faltaba un epílogo. Faltaba un algo que cerrase la historia de los personajes. Le conté mis tres ideas, pero las dudas eran las mismas. Hablando, recuerdo que se me ocurrió un enfoque diferente. Y entonces lo tuve bastante más claro. En octubre, casi al final de una tarde, empecé a escribir el epílogo. Me senté delante de la pantalla y me dije a mi mismo que cuando me levantase de nuevo, tendría la historia terminada. Fueron tan solo dos páginas, dos páginas escritas en casi una hora. Una hora en la que dejé que las palabras saliesen lentas. Sentí que aquel sí era el final. Aquello era lo último que escribiría para mi libro. El beso de despedida…

Después de revisarlo bien y tener claro que era el final, se lo envié a Tamara. Y su respuesta me alegró tanto, me llenó de esa felicidad tan pura que se puede sentir a veces en la vida. Le había encantado. Había llorado. Yo, que había escrito ese libro, que había creado personajes capaces de emocionar a otra persona, más allá de las letras y las páginas. Había creado una historia capaz de llegar a tocar el mundo real. Sentí que todo aquello, fuese a donde fuese a partir de ese momento, ya había valido la pena. Me sentí escritor por primera vez.

Y entonces, dos años después de haber empezado el libro, por fin estaba escrito. Por fin había cumplido mi promesa personal. Me enfrentaba ahora a lo que muchas veces había pensando, ¿qué hacer después?, ¿qué hacer con mi libro? Quería que más gente lo leyese. Quería tener la copia final, la impresión definitiva entre mis manos. Quería ver mi libro convertido en novela. Como si fuese un hijo al que ves crecer desde niño a adulto. Tenía que publicarlo. Así que lo planeé todo. Aún faltaba trabajo por hacer —toda una odisea que os contaré—, pero al fin, «Pesadillas del Futuro» había sido creado.

El libro - 01

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