Birdman o (la inesperada musicalidad de su batería)

Birdman o (la inesperada musicalidad de su batería)

Birdman, la gran ganadora de los Óscar 2015. El último gran éxito de Alejandro G. Inárritu. La gran crítica al mundo de Hollywood y los entresijos de los actores. Soy consciente de lo mucho que se habrá hablado ya de la cinta en internet. De hecho, yo mismo he visto ya bastantes artículos. Es una peli muy buena, muy interesante, y muy entretenida, el Óscar a mejor película es merecido (aunque me duele un poco que no se lo llevase Boyhood).

A primera vista, Birdman para mí era ya una perla que destacaba entre la multitud. ¿Por qué? Bueno, porque me enteré de que la peli estaba rodada en un falso plano secuencia toda ella, y, a mí me chilflan los planos secuencia. No lo negaré. No puedo evitarlo. Es algo que va más allá de mi razonamiento. Plano secuencia que veo, plano secuencia que disfruto al 100% como un niño pequeño, con la boca abierta y babeando (es solo una alegoría de lo mucho que me gustan, tranquilos). Así que la promesa de Birdman y su plano secuencia era suficiente para que pagase su entrada de cine. El caso es que ahí iba yo el pasado miércoles, con la ilusión de disfrutar de mis dos horitas de plano secuencia, y me encuentro, de pronto, con otra perla de la que no se ha hablado tanto en internet. ¿Qué pasa pues, con la banda sonora?

Antonio Sánchez
Antonio Sánchez

¿Por qué no se le da tanto bombo? (Nunca mejor dicho). Resulta que la banda sonora corre a cargo del baterista mexicano Antonio Sánchez. Baterista de jazz, por cierto, uno de los géneros de música en los que la batería se luce como en pocos. Por si no os dais cuenta, sí, la batería en el jazz me flipa tanto como el plano secuencia en el cine o la televisión. Y e aquí mi asombro, cuando veo que Birdman, la cinta protagonizada por un inmejorable Michael Keaton, posee una banda sonora en la que la protagonista es una inmejorable batería. Maravilloso.

Me encanta. Desconozco si es algo único, pero sí que, como poco, original e innovador. Una apuesta arriesgada incluso. No me extraña que no se llevase nominación alguna en la categoría de mejor banda sonora (supongo que demasiado arriesgado para la academia premiar algo así, igual que demasiado arriesgado premiar la valentía de Linklater rodando una película en 12 años). Como digo, la mayoría del tiempo, la batería es lo único que acompaña al espectador como música dentro de la película. Si bien hay ciertos momentos de otro tipo de música, ya sea de la obra de teatro que intentan representar los protagonistas, o algún que otro instrumento que se cuela para acompañar a los tambores de Antonio Sánchez, la batería suele ser la que lleva el ritmo. Y encima lo hace de forma trepidante, impulsando más aún el dinamismo del plano secuencia, apoyándose ambos mutuamente para enriquecer el acabado general. Y por si fuera poco, la propia cinta parece querer hacer hincapié a esta naturalidad de la batería colándola en un par de planos, como si fuese algo que está ahí presente, entre los pasillos de los camerinos de Broadway, y no como si fuese una ilusión añadida en post-producción.

Cuando entré en el cine, pensé que la peli despertaría en mí ganas de escribir acerca de su plano secuencia, de cómo consiguieron grabarlo y montarlo, de cómo consiguieron confundir a nuestros ojos, pero vaya… cuando salí, lo que más se grabó en mi subconsciente fue la inesperada elegancia de esa batería dando vida entre diálogo y diálogo. Entre un caminar de personajes o un paseo de la cámara de un lugar a otro.

Sencillamente, fue un detalle que me gustó y el cual quería destacar. Sobre todo porque sé que muchos otros se habrán sentido como yo. Esos amantes de la batería, o incluso esos bateristas que practican horas y horas cada día, habrán apreciado, de corazón, tal gesto. Por ejemplo ese sublime comienzo, con la afinación de los tambores y la pequeña prueba de sonido que hace que las letras de créditos comiencen a salpicar la pantalla perfectamente sincronizadas, junto con ese rimbombante vaivén de un lado a otro mientras una llama surca los cielos, descendiendo, intensificando con cada segundo que pasa, el placer de nuestros oídos. Los pelos de punta.

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