La guía definitiva anti-spoilers

La guía definitiva anti-spoilers

Como usuario que soy de internet desde aproximadamente 2006, he ido aprendiendo poco a poco, cada año, que este es un lugar lleno de buenas y malas cosas. Si sabes aprovecharlo, internet te dará enormes alegrías. Pero, y esto también es muy cierto, internet tiene reservado para ti algunas que otras cosas malas. Las quieras o no. Una de esas cosas son los condenados spoilers (destripes de historias de películas, series, etc…). Cada vez son más y más habituales, una constante.

Desde que se han creado series tan potentes como Lost, Breaking Bad o Juego de Tronos (sobre todo esta última), soltar spoilers por doquier parece una costumbre e incluso una obligación. ¡Y no! Ya estoy harto. Harto de comerme muertes como una casa o sorpresas que debería ver por mí mismo, y que me lo chafe el típico gracioso de turno que le apetece compartir con todos que ha visto el último capítulo de su serie favorita. Como no soy el único que sufre esta condena, me he propuesto redactar la guía definitiva anti-spoilers para que todos juntos podamos sobrevivir a este caos. Con estos sencillos consejos, podrás salvarte, si no de todos, al menos de un buen puñado de spoilers gordos.

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Me empachan los libros largos

libros_gordos_o_brevesTengo un problema. Más que un problema, es una molestia. Y más que una molestia, es una pequeña pereza. Y es que los libros largos me empachan. A ver, voy a explicarme. Llevo queriendo hablar sobre este asunto desde que terminé a principios de marzo El temor de un hombre sabio —segunda parte de la trilogía de Patrick Rothfuss; Crónica del Asesino de Reyes—, el libro más largo que he leído hasta ahora (1.190 páginas). No me quejo de su extensión. Tampoco me quejo del libro, porque me hizo disfrutar como un loco en toda su longitud y no me aburrió nunca. Peeeeero… no sé, hay algo. Algo entre tantas y tantas páginas que termina por agobiarme un pelín. Quizá a vosotros, como lectores, también os pase.

Puede que todo esto venga por el simple hecho de tener un libro tan enorme entre las manos. Lo lees durante tantos días y siempre ves que te queda un montón para acabarlo. Eso no me molesta precisamente si el libro me tiene enganchado. Como digo, no es que me incordie que un libro sea muy largo. Es simplemente una sensación diferente que nace desde muy dentro de forma arbitraria, una sensación que nadie llama, pero que ella solita sale a flote. Estoy hablando de la pereza. Y no, tampoco es que tenga pereza mientras leo dicho libro largo —al menos no si este me está entreteniendo—. Es una pereza previa al comienzo de la lectura. Es una pereza que nace antes, porque piensas cosas como: «Buff… voy a estar con este libro muuucho rato. No lo acabaré en una semana, no. Esto va a llevar su tiempo». De ahí que luego te debatas internamente el hecho de ponerse con ese libro o con uno más ligero que te ocupe menos tiempo. Porque una parte de ti sabe que, si te pones con ese largo, vas a acabar empachado.

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No se puede mezclar lo mejor de dos mundos

Soy un humano que se despierta un buen día en su cama y tiene la más brillante de las ideas. Así que, ¡cómo no!, impulsado por mi ambición, voy a llevar a cabo lo que se me acaba de ocurrir. Juego a ser Dios, y, bum, ahí lo tienes. ¡Yogures con trozos de fruta! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero qué has hecho? ¡Wow, sooo, para el carro! ¡Echa el freno, loco, que nos matamos!

1553452La lista no se limita a un único invento revolucionario. ¡Ay, si tan solo fueran esos malditos yogures con trozos de frutas! Pero es que no, no es solo eso. Y es que en serio, humanos, ¿qué estamos haciendo? No podemos coger lo mejor de dos mundos. Hay que aprender la lección de una vez. A ver, los visionarios, poneos en fila que os vamos a ir dando una colleja a cada uno. Empezaremos por el tío listo que decidió meter licor dentro de bombones. ¡No! ¿Cómo se te ocurre? O chocolate o licor. ¿Las dos cosas juntas? ¡Anda y tira para tu casa! ¿Siguiente? ¿Cómo? ¿Helado y galleta? Serás… O uno o lo otro. ¿Para qué quieres las dos cosas al mismo tiempo? Tu paladar no puede con ambas. Espera que saboreo la vainilla que se deshace en mi lengua mientras muerdo la galleta con torpeza.

¿Qué más? ¡Ah, sí! Mezclar pasta con carne. ¿Estás mal de la cabeza? De nuevo, o la primera o la segunda. ¿Qué pasa? ¿Eres tan indeciso que tienes que comer las dos al mismo tiempo? Uhmm… es que, no sé, no sé. Pues nada, lo mezclo todo en uno y pa’lante. Ole tú. A ver, también tenemos al de las bicicletas eléctricas, ¿qué pasa muchacho, a ti no te llegó bien el oxigeno al cerebro durante el parto o cómo me explicas esto? Buscas la deportividad sana de una bicicleta pero con la comodidad asegurada de que pedalee de forma eléctrica y autónoma. ¿What? Para este la colleja que sea doble. Anda, ¿a quién tenemos aquí? Fíjaos, el lumbreras que se puso una camiseta de manga larga bajo una camiseta de manga corta. ¿Qué tal, figura? ¿Tú qué te crees, el Steve Jobs de la moda o qué? Y cuidao que viene acompañado del que hizo los lápices con goma. ¿Qué tal, todo bien? ¿Ya has conseguido borrar algo sin que se te rompa o se desgaste antes de tiempo la p*ta goma?

Mira eh, mira… Es que lo dejo aquí porque al final me voy a liar a tortazos con toa la mano abierta. Mecaguen, si es que de verdad, la vida se nos va de las manos. Que se nos va la vida, gente.

La belleza en The Witcher 3: Wild Hunt

Ciri - The Witcher 3Hacía mucho tiempo que un juego no me enamoraba tanto con su belleza. Largo tiempo ha pasado desde la última vez, pues el último en ocupar este preciado lugar en mi corazón lo jugué hace ya cinco años. Sí, mucho tiempo ha pasado desde que Rockstar me enamoró con Red Dead Redemption. Y ahora, después de tanto, ha llegado CD Projekt RED con The Witcher 3: Wild Hunt para encontrar su hueco en mi memoria. Tras dos semanas y media de viaje con él, no puedo más que afirmar que lo han encontrado pero bien.

Para entender la belleza en el mundo de los videojuegos hay que estar hecho de algo especial. No todos pueden verla, y mucho menos, crearla. Por eso juegos así no abundan. Pocos juegos me han marcado en mi vida como para pegarse en mi recuerdo para el resto de ella. Si echo la vista atrás hoy día, quizá me encuentro con clásicos como Banjo-Kazooie, de la mítica Nintendo 64. Un poco menos lejos en el tiempo puede que también esté The Legend of Zelda: Wind Waker. Pero es posible que con ellos jueguen los factores de la nostalgia y la inocencia de la infancia. Sin embargo, cuando he ido creciendo, y mi etapa con los videojuegos se ha hecho más madura para poder así comprender lo que aparecía ante mis ojos, me he ido dando cuenta de esa belleza que muy pocos juegos pueden transmitir. Más allá de la mecánica, del entretenimiento, del juego en sí mismo…

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