La belleza en The Witcher 3: Wild Hunt

Ciri - The Witcher 3Hacía mucho tiempo que un juego no me enamoraba tanto con su belleza. Largo tiempo ha pasado desde la última vez, pues el último en ocupar este preciado lugar en mi corazón lo jugué hace ya cinco años. Sí, mucho tiempo ha pasado desde que Rockstar me enamoró con Red Dead Redemption. Y ahora, después de tanto, ha llegado CD Projekt RED con The Witcher 3: Wild Hunt para encontrar su hueco en mi memoria. Tras dos semanas y media de viaje con él, no puedo más que afirmar que lo han encontrado pero bien.

Para entender la belleza en el mundo de los videojuegos hay que estar hecho de algo especial. No todos pueden verla, y mucho menos, crearla. Por eso juegos así no abundan. Pocos juegos me han marcado en mi vida como para pegarse en mi recuerdo para el resto de ella. Si echo la vista atrás hoy día, quizá me encuentro con clásicos como Banjo-Kazooie, de la mítica Nintendo 64. Un poco menos lejos en el tiempo puede que también esté The Legend of Zelda: Wind Waker. Pero es posible que con ellos jueguen los factores de la nostalgia y la inocencia de la infancia. Sin embargo, cuando he ido creciendo, y mi etapa con los videojuegos se ha hecho más madura para poder así comprender lo que aparecía ante mis ojos, me he ido dando cuenta de esa belleza que muy pocos juegos pueden transmitir. Más allá de la mecánica, del entretenimiento, del juego en sí mismo…

Es posible que el primero que me marcó, siendo yo consciente de ello, fuese Assassin´s Creed II. Imposible no enamorarse de la Italia del Renacimiento y de aquellas preciosas Venecia y Florencia, o incluso de la propia y siempre verde Toscana. La ambientación en el juego de Ubisoft fue crucial, y en parte, por eso gustó tanto. Después de aquello, para mi sorpresa, llegó Red Dead Redemption, y se aferró como una bestia salvaje en mis recuerdos. Aquellas semanas de juego hace cinco años quedarán en mi memoria para siempre. Y sí, puede que en parte por lo desgarrador de su historia y su final, pero, también, por culpa de aquel precioso salvaje oeste que Rockstar nos regaló a todos. Aquellas puestas de sol, aquellos caballos que todavía nadie ha sabido hacer mejor, aquellas noches con el cielo estrellado o la tormenta rompiéndolo todo. Y es que solo en juegos como esos mis manos se han calmado ante la presencia del mando. Solo en juegos como esos he decidido pararme un segundo, girar la cámara lentamente y, observar… Observar la belleza.

El mundo de The Witcher 3

Ahora ha llegado The Witcher 3, el juego que de nuevo ha hecho que tenga que pararme un instante. Esa clase de juego que te invita a salir del sendero principal, buscar un camino oculto, subir una montaña y vislumbrar la hermosura de un paisaje sin igual. Muy pocos juegos consiguen algo así. The Witcher 3 juega con ventaja, claro. Quién no iba a enamorarse con unos gráficos como esos. Quién no abriría la boca observando los poros en la piel del propio Geralt, con esa mirada tan cargada de vida. Ya ni hablemos de Yennefer, porque no miento si digo que la primera vez que la vi, pensé que hasta ahora nunca habíamos visto a una mujer de verdad en un videojuego.

No obstante, la magia de The Witcher 3 no acaba ahí. Vale que tiene unos efectos de iluminación increíbles, unos escenarios preciosos y un mundo vibrante. Pocas veces un juego te transmite sensaciones como la calidez al ver a tu personaje al lado de un fuego, o frío, al observarlo en un prado lluvioso con los árboles meciéndose por ráfagas de viento. La belleza de este juego, pese a todo, aún va más allá. Trasciende en forma de diálogos, escenas, y planos. Y es que, intento hacer memoria, pero apenas recuerdo juegos que me hayan marcado tanto contando una historia. Y me refiero a que me llamen la atención con cómo la cuentan. No siempre se le da importancia a esto, y resulta que es vital. The Witcher 3 tiene la osadía de tomarse tiempo para su historia. Tiene el valor de hacer que el jugador tenga un mando en las manos durante más de 5 o 10 minutos, sin apenas pulsar botones, y que aún así no desee soltarlo. Es algo maravilloso. Es una belleza que no reside en el mundo de los videojuegos con frecuencia, y es algo que la industria necesita mucho más que unos buenos gráficos de última generación o un arma que mate mejor que otra. Necesitamos más mimo, más pasión, necesitamos cosas tan sencillas y sutiles como la hermosa canción de Priscilla. Solo así los videojuegos terminarán de crecer. Solo así pasarán a ser obras de arte y se quedarán grabados a fuego en nuestras retinas.

Ahora, tan solo espero no tener que esperar otros cinco años para que de nuevo un juego me vuelva a tocar con su belleza. Sería triste tener que esperar tanto…

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