Mis manías de escritor

Mis manías de escritor

Cualquier persona que haya dedicado parte de su tiempo a la apasionante tarea de escribir, se habrá percatado, poco a poco, de que existen algunas manías, tics, o costumbres habituales que vamos repitiendo durante el proceso, a veces casi de forma automática. Y es normal. Los humanos somos raros. A todos nos gusta que las cosas estén en su justo lugar cuando llega la hora de sentarse a escribir, ¿verdad?

Famosos son los artículos por internet que recopilan esas manías de los grandes escritores de la historia. Y este bien podría ser otro de esos artículos, pero voy a ser un poco egocéntrico, y, como este blog trata de mí y mis pensamientos, hoy os contaré mis manías a la hora de escribir. Me abro pues a vosotros y os cuento qué clases de cosas hago y cómo me inspiro para poder sentirme cómodo. Allá voy, ¡¿vergüenza, quién te necesita…?!

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Algo importante que recordar

Hoy es un día especial. ¡Es mi cumpleaños! Cumplo 21 años (mi número favorito). Cumplo 21 años el 21 de septiembre. Quizás por eso hoy me apetece hacer un poco más felices a los demás. A cualquiera que esté aquí, ahora. Sí, a ti, a ti mismo, que me lees.

La vida pasa por delante de nuestros ojos a toda velocidad y es fácil olvidar cosas importantes por el camino. Pero hoy me siento agradecido por estar aquí, por respirar aire, por tener la capacidad de sentir la música, por poder reír y llorar y soñar y amar, por tener un tiempo que invertir en lo que desee. Y todos deberíamos recordar esto, recordar que podemos ser buenas personas entre nosotros y hacernos la vida más fácil los unos a los otros. Porque sonreír y comprender y empatizar no es tan difícil… Y nada mejor para recordar esto que la genial frase final de una de mis películas favoritas:

«Supongo que debo decir lo que he aprendido, mi conclusión. Pues mi conclusión es que el odio es un lastre. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. No merece la pena. Derek dice que siempre viene bien terminar un trabajo con una cita, dice que siempre hay alguien que lo ha hecho mejor que tú, y que si no puedes superarlo, róbaselo y aprovéchate. Así que he escogido a alguien que creo le gustará: No somos enemigos, sino amigos. No debemos ser enemigos. Si bien la pasión puede tensar nuestros lazos de afecto, jamás debe romperlos. Las místicas cuerdas del recuerdo resonarán cuando vuelvan a sentir el tacto del buen ángel que llevamos dentro».

American History X

Ocaso

Reescribir el final de las series

Reescribir el final de las series

Siempre al llegar al final de una etapa de nuestras vidas, solo quedan los buenos momentos, aquellos que por más tiempo que pase, jamás se olvidan.

Ángel G. Márquez Fiscal

Quiero que tengáis esta frase en cuenta a partir de hoy. Quiero que seáis conscientes de la existencia de este hecho. Sí, porque es cierto, cuando una etapa termina, nos quedamos con los buenos momentos. Siempre, pase lo que pase. Y menos mal, porque si no hiciésemos eso, no sé dónde acabaríamos…

Es muy bonito que nos quedemos con lo bueno, cierto. Pero si pasan cosas malas, por mucho que queramos recordar solo lo bueno, siempre nos quedará esa espinita clavada de malos momentos. Y esto, como todo en la vida, se puede aplicar a muchos ámbitos. Lo que quiero decir es que esta misma filosofía quiero aplicarla a las series. Sí, a las series de televisión. Soy tan aficionado a ellas como a ver buen cine. Me encantan; de cualquier género, duración, ambientación… Si es buena, quiero verla. Y ya puedo decir que he visto un puñado de muy buenas series hasta la fecha. Por suerte, la televisión está viviendo una edad de oro desde que se estrenara allá por el año 1999 la valorada Los Soprano. Desde entonces, montones de buenas series han ido yendo y viniendo.

Ha habido series muy buenas y series muy malas. Pero, ¿qué pasa con esas series que empiezan siendo bestiales, y terminan por perder el rumbo e irse a pique? Esa clase de serie de la que te enamoras, esa que apuntas en tu lista de favoritas, y con el paso del tiempo, de las temporadas, e incluso de su final, te das cuenta que ya no valen nada, que perdieron por completo su esencia y su calidad. Entonces reflexionas y crees que has perdido el tiempo. Y (al menos para mí), siempre se repite una sensación. Un pensamiento; «podían haber terminado justo aquí, y la serie hubiese sido una maravilla». ¡Exacto! Muchas de estas series se alargan indebidamente y se matan a sí mismas. Y siempre hay un punto exacto en el que deberían haber culminado. Hoy quiero repasar/analizar cuatro ejemplos de series que podrían haber sido gloriosas, y terminaron por suicidarse con torpeza ellas solitas (y tranquilos, esta entrada está libre de spoilers).

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La euforia de un torneo épico medieval

La euforia de un torneo medieval
Fotografías de Cristina Saiz

Son cerca de las siete y media pasadas de la tarde. Es un día soleado de principios de septiembre y de vez en cuando sopla un agradable viento. Es la primera vez que visito más o menos en serio la Feria Franca de mi ciudad. Poseo algún recuerdo vago de mi infancia junto a mis padres, dando paseos por los recintos y calles, pero esto es diferente. Agarro de la mano a una chica muy especial y los dos nos sonreímos emocionados porque nos encaminamos a visualizar, con nuestros propios ojos en vivo y en directo, un torneo épico medieval de caballeros. Hemos estado dando unas cuantas vueltas viendo cómo la gente se ha disfrazado de época, hemos visto cómo algunos arqueros practicaban puntería, también a algunas niñas que calentaban músculos girando y danzando, nos hemos empapado del ambiente y, del olor, un olor a comidas y humo…

Pero van a ser las ocho de la tarde. Y a las ocho empieza el torneo. Insisto en que deberíamos ir con tiempo, porque preveo una avalancha de gente (y a mí no me gustan las avalanchas de gente). Así que echamos de nuevo a andar. De camino, más personas corretean calle abajo en manada. «Van a la plaza de toros», pienso con certeza. Apuramos el paso. Enseguida vemos la plaza al fondo, y dos colas considerables de gente amontonándose. Nunca he entrado en la plaza de toros de mi ciudad (ni falta que me ha hecho, pues el único buen uso que se le ha dado en toda su existencia sea, posiblemente, el del espectáculo que voy a ver en breves), así que estoy más nervioso que de costumbre por todo lo que está pasando a mi alrededor.

Nos colocamos en una de las colas (la que veo menos abarrotada). La multitud está entrando y en cierto momento hasta logro ver que dentro de la plaza ya hay mucha gente. Nos morimos de nervios. «¿Y si no entramos porque se llena antes de llegar a la puerta?» Comienzo a hacer bromas para calmar los nervios, pero ni así. «¿Te imaginas que sobrevuela Daenerys Targaryen la plaza de toros con uno de sus dragones? Eso sí que sería la hostia». Pasan los minutos. La cola avanza. Por fin parece que llegamos. Los guardias nos dan paso «¡Dios, sí!» Entramos en un pasillo claroscuro. La gente sube unas escaleras interiores. No tengo ni idea de a dónde ir, así que lo sensato parece seguir a la muchedumbre. Lo mejor es ese bullicio impresionante que resuena desde el interior de la plaza y se cuela por todas partes. Más de 7.000 gargantas vociferando de emoción.

Salir del pasillo a la claridad solar del palco de gradas me acelera el corazón. Allí hay más cuerpos y cabezas de las que puedo ver o contar. Gente, gente por todos lados. Busco con la mirada desesperada dos asientos libres, por algún lado tiene que haber… Finalmente, allí, en la lejanía. «Vamos, antes de que los coja cualquier otro. Sígueme». Llegamos. Por los pelos. Estoy tan nervioso que ni siquiera tengo la cortesía de preguntar si están o no ocupados. Da igual. Mataría por esos jodidos asientos. Casi son ya las ocho de la tarde. La plaza está a reventar de gente. Todos se mueren de ganas porque empiece. Algunos intentan crear una ola, y lo consiguen. Aparecen unos músicos sobre el terreno de la plaza que animan aún más el jolgorio. Y un poco más tarde, un bufón sale al trote en un caballo de palo, el espectáculo empieza. Voy a disfrutar como un niño de la hora que tengo por delante.

Los caballeros en una de las pruebas

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Frustraciones videojueguiles (II)

Frustraciones videojueguiles (II)

Vuelvo una vez más con una entrada de la sección “Frustraciones videojueguiles”, la cual comencé el mes pasado contando mi tragedia con Majora´s Mask, si recordáis. En esta ocasión traigo un juego totalmente opuesto al de la saga de Nintendo, pero de nuevo, se trata de un juego que marcó historia dentro de la industria y que es recordado por muchísimos jugadores.

Y es que es ni más ni menos que uno de los mejores juegos de la pasada generación (y quizá el que es mi favorito de la misma. Por no decir que me parece el mejor videojuego firmado por Rockstar Games, que no es decir poco). Estoy hablando, por supuesto, del magistral Red Dead Redemption. Sin más dilaciones, ¡empezamos con esta nueva frustración!


El día que borré a John Marston de mi vida

«Acepta perderlo todo».

Jack Kerouac

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