La euforia de un torneo épico medieval

La euforia de un torneo medieval
Fotografías de Cristina Saiz

Son cerca de las siete y media pasadas de la tarde. Es un día soleado de principios de septiembre y de vez en cuando sopla un agradable viento. Es la primera vez que visito más o menos en serio la Feria Franca de mi ciudad. Poseo algún recuerdo vago de mi infancia junto a mis padres, dando paseos por los recintos y calles, pero esto es diferente. Agarro de la mano a una chica muy especial y los dos nos sonreímos emocionados porque nos encaminamos a visualizar, con nuestros propios ojos en vivo y en directo, un torneo épico medieval de caballeros. Hemos estado dando unas cuantas vueltas viendo cómo la gente se ha disfrazado de época, hemos visto cómo algunos arqueros practicaban puntería, también a algunas niñas que calentaban músculos girando y danzando, nos hemos empapado del ambiente y, del olor, un olor a comidas y humo…

Pero van a ser las ocho de la tarde. Y a las ocho empieza el torneo. Insisto en que deberíamos ir con tiempo, porque preveo una avalancha de gente (y a mí no me gustan las avalanchas de gente). Así que echamos de nuevo a andar. De camino, más personas corretean calle abajo en manada. «Van a la plaza de toros», pienso con certeza. Apuramos el paso. Enseguida vemos la plaza al fondo, y dos colas considerables de gente amontonándose. Nunca he entrado en la plaza de toros de mi ciudad (ni falta que me ha hecho, pues el único buen uso que se le ha dado en toda su existencia sea, posiblemente, el del espectáculo que voy a ver en breves), así que estoy más nervioso que de costumbre por todo lo que está pasando a mi alrededor.

Nos colocamos en una de las colas (la que veo menos abarrotada). La multitud está entrando y en cierto momento hasta logro ver que dentro de la plaza ya hay mucha gente. Nos morimos de nervios. «¿Y si no entramos porque se llena antes de llegar a la puerta?» Comienzo a hacer bromas para calmar los nervios, pero ni así. «¿Te imaginas que sobrevuela Daenerys Targaryen la plaza de toros con uno de sus dragones? Eso sí que sería la hostia». Pasan los minutos. La cola avanza. Por fin parece que llegamos. Los guardias nos dan paso «¡Dios, sí!» Entramos en un pasillo claroscuro. La gente sube unas escaleras interiores. No tengo ni idea de a dónde ir, así que lo sensato parece seguir a la muchedumbre. Lo mejor es ese bullicio impresionante que resuena desde el interior de la plaza y se cuela por todas partes. Más de 7.000 gargantas vociferando de emoción.

Salir del pasillo a la claridad solar del palco de gradas me acelera el corazón. Allí hay más cuerpos y cabezas de las que puedo ver o contar. Gente, gente por todos lados. Busco con la mirada desesperada dos asientos libres, por algún lado tiene que haber… Finalmente, allí, en la lejanía. «Vamos, antes de que los coja cualquier otro. Sígueme». Llegamos. Por los pelos. Estoy tan nervioso que ni siquiera tengo la cortesía de preguntar si están o no ocupados. Da igual. Mataría por esos jodidos asientos. Casi son ya las ocho de la tarde. La plaza está a reventar de gente. Todos se mueren de ganas porque empiece. Algunos intentan crear una ola, y lo consiguen. Aparecen unos músicos sobre el terreno de la plaza que animan aún más el jolgorio. Y un poco más tarde, un bufón sale al trote en un caballo de palo, el espectáculo empieza. Voy a disfrutar como un niño de la hora que tengo por delante.

Los caballeros en una de las pruebas


Si me pagasen un euro cada vez que siento cosas como las que sentí el pasado sábado, 5 de septiembre, durante el evento más grande de la Feria Franca de Pontevedra; el torneo medieval del club Hípica Celta… La verdad es que sería pobre. Y es que resulta que muy pocas veces en la vida puede uno disfrutar tan plenamente de un espectáculo y salir tan, pero tan maravillado. Si tuviese que quedarme con un recuerdo de todo este verano, sería ese sin duda. Y si me pedís más, y tuviese que elegir un momento favorito de todo lo que llevo vivido este año 2015, pues seguramente también lo elegiría (y eso que este año está siendo muy movidito). Simplemente, fue perfecto y alucinante.

En primer lugar no puedo más que remarcar el curioso detalle de que dicho evento era de entrada gratuita (siendo este tan bueno o mejor incluso que uno al que haya que pagar entrada), cosa que se agradece sobremanera para un muerto de hambre como yo. Y además tuvieron la amabilidad de repetirlo, haciendo dos sesiones; una a las cinco de la tarde, y otra a las ocho. Por lo tanto, mucha gente pudo disfrutar del acto. Y eso se merece un aplauso bien alto, tanto por la organización como por el esfuerzo físico que supone, no solo para los humanos, sino también para los pobres caballos que se llevan lo suyo.

Como dije un poco más arriba, en mi pequeño fragmento en primera persona de lo que recuerdo, el torneo comenzó con la salida de un bufón sobre un caballo de palo (Sí, como en la canción). Tras esto llegó lo que podría denominarse “el presentador oficial”, y juntos hicieron pareja para contarnos a todos los asistentes de qué se iba a componer el torneo. Cinco caballeros luchando por el honor de la victoria. Tres pruebas en total, y después, combates a sangre y acero. Nunca antes había presenciado un espectáculo de estas magnitudes y fue sumamente entretenido comprobar que, además de la épica medieval típica de esas actividades, todo estaba aderezado con una pizca de humor muy divertido. Para empezar, la plaza estaba dividida en cinco secciones, una por cada caballero, y cada una con su color (negro, blanco, rojo, azul, y verde). Por lo tanto, el sitio en el que te habías sentado, representaba a tu caballero, y, por así decirlo, a tu casa predilecta. A mí me tocó la grada azul (pero de rebote, porque recordad que llegué cuando ya casi no había sitios y no me había parado a ver nada de los colores hasta que empezó el evento).

El temido caballero Negro
El temido caballero Negro.

Así se presentaron a los escuderos, y posteriormente, al caballero de cada color. El mío, al parecer, era el caballero patoso e inútil. Todavía sigo sin saber si el tío de azul que manejaba al corcel era un genio o un torpe. Supongo que hay que tener habilidad para que tu caballo parezca que baila y no te haga caso en ningún momento, ¿no? Mi caballero azul, por ejemplo, se coló y entró en la plaza antes que el rojo. También, para alarde de toda la grada, ganó una de las pruebas. Y, bueno… la ganó porque todos los demás caballeros quedaron descalificados en dicha prueba. Es decir; ganó por descarte.

No obstante, no duró mucho la euforia de la grada azul, porque a nuestro caballero le dio matarile en combate el rudo caballero negro, quizá el más temido de todos. Ese hombre era pura adrenalina y fuerza, ¡cuántas emociones nos regaló! Cada poco tiempo se golpeaba con los otros caballeros, los intentaba tirar del caballo, les gritaba, se metía en medio. Atacó por la espalda de una patada voladora a verde y se vanaglorió con los gritos de toda su grada. Tuvo tiempo también de acercarse a las gradas de los rivales y dejar que el público le abuchease para que volviese a su rincón. Llegado un momento, hasta fue encarcelado y sacado de la plaza por mala conducta y no acatar las reglas del torneo. Blanco, más tarde, murió a manos de rojo en el combate con espadas. La grada roja, por cierto, debía ser la que más ruido era capaz de hacer. Todavía recuerdo esos estruendosos gritos al son de: «¡Rojo! ¡Rojo! ¡Rojo!»

Tras la muerte de azul y blanco, y la retirada de negro del torneo, llegó el turno del épico combate entre verde y rojo. Sacaron sus espadas y comenzaron a rotar y a chispear con sus aceros. En un momento dado, cuando la emoción no podía ir a más, apareció montado a caballo de nuevo el caballero negro, que había escapado de su jaula, al galope con una lanza entre las manos. El público no cabía en sí. Verde y rojo se aliaron para combatir a negro, pero entre la confusión y el caos, verde cayó muerto. Llegó el momento final. El increíble duelo en el anillo de fuego. Encendieron las llamas y tanto rojo como negro se enfrascaron en el combate final. Acero contra acero, rodeados de humo y griterío. Justo cuando parecía que todo estaba terminado para rojo, un golpe habilidoso y, ¡zas! Negro había muerto. La plaza entera vitoreando y aplaudiendo. La gloria eterna para su justo vencedor. Luego, un poco más tarde, los caballeros aparecieron todos de nuevo para despedirse de su querido público y saludar con cortesía. Mi cuerpo, extasiado de tantas emociones, tuvo que tomar aliento unos minutos en el asiento. Lo que acababa de ver no se me iba a olvidar en la vida. «Esto si que es arte, y no eso que llaman tauromaquia».

Combate final en el anillo de fuego
Combate final en el anillo de fuego.
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5 thoughts on “La euforia de un torneo épico medieval

  1. Leo este reportaje muy amenudo y no hay dia q no se me pongan los pelos de punta . Muchísimas gracias x tu grandisimo reportajeee. GRACIAS GRACIAS GRACIAS. Un saludo.

    • ¡Muchas gracias, Pablo! Igual estoy tremendamente equivocado, pero ¿por casualidad no serás alguien de los que participaba en el torneo o del club Hípica Celta? Sería genial saber que alguno de ellos me ha leído y que sepan así lo mucho que me encantó el espectáculo.
      En fin, seas o no parte del evento, gracias por leer. Da gusto tener comentarios así.

      Un saludo 🙂

  2. ¡Ahi, ahí! ¡Así se habla! ¡Qué descripición, sólo quiero volver ya! Pero disfrazados y sentados más cerca en la grada negra. Siempre en la grada negra. ¡Viva sir Tomas el Bravo! Como dijo Sansa Stark en Juego de Tronos… “Es mejor que en las canciones”.

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