Crónica de un cinéfilo enfurecido

Crónica de un cinéfilo enfurecido

Veréis, tengo que desahogarme de alguna manera, y siento que si no lo hago por aquí, acabaré asesinando a alguien… El tema que quiero tratar hoy es un tema muy simple. Uno por el que seguramente todos habéis pasado alguna vez. Compráis una entrada de cine, os preparáis para el evento, entráis en la sala con emoción, buscáis vuestra butaca, os sentáis y esperáis con ganas que las luces se apaguen y de comienzo la ansiada película de turno. Pero sucede algo. La gente. Eso sucede. Vosotros. Nosotros. Yo, tú. Todos. «El hombre es un lobo para el hombre». Somos unos jodidos y estúpidos tocapelotas. Tú, yo, él, ella, ellos, nosotros, vosotros, aquellos, mierda callaos de una vez, ¡quiero ver la película!

Punto. Pausa. Necesito reordenar mis pensamientos…

Me encanta ver películas. Amo el arte del cine. Este año he ido al cine más que nunca en mi vida. Casi podría decir que he visto más películas en el cine este año que en todos los años anteriores juntos. El cine es especial. Es diferente a poner una película en tu casa y darle al play. Cojones, es un lugar casi místico. El olor, la sensación de la butaca, la gigantesca pantalla y el sonido que te envuelve. El ritual de comprar la entrada y que los acomodadores te digan «adelante». Esos segundos antes de que comience la cinta, ese previo con algún trailer. Desde que tomé consciencia de estas cosas, he guardado todas y cada una de las entradas de cine de las películas que veo. Las tengo ahí todas juntitas y amontonadas. Ir al cine es especial, ¡así que cierra el pico que quiero ver la puta película!

Stop. Calma. Lo que quiero decir, amigos, es que como tal, ir al cine es un acto de concentración. De enfocar nuestra mente a una experiencia que nos llevará muy lejos. De elevarse y salir de nuestro cuerpo (si la peli es buena, claro), de viajar a un mundo y a una vida diferentes y volver cuando suben los créditos, volver siendo distinto y nuevo. Es un acto de soledad intimista, de travesía interior. Por eso, ¡por eso!, deberías estar jodidamente callado. Por eso deberías centrarte en ti, y en la película. En nada más. ¡Y mantener la boca cerrada!

Respira… Tranquilidad… A veces me entran ganas de ser Patrick Bateman, como en American Psycho. Coger un hacha y con una sonrisa en los labios partirle la cabeza en dos a ese valiente cabronazo que me saca de la película. Pero debo controlarme. Soy humano, ¿vale? Vengo a decir todo esto porque la semana pasada fui al cine a ver El viaje de Arlo, la nueva de Pixar. Una película modesta, con algunos puntos muy graciosos y con una propuesta mucho más familiar e infantil que las grandes cintas de la compañía (aunque con unos escenarios y puesta en escena de infarto, todo hay que decirlo). Lejos está del nivel de madurez de Wall-E, Up, Del revésToy Story, o Ratatouille, pero se deja ver. Lo que no es normal es que no consiguiese meterme de lleno en la historia por culpa de la gente de la sala. ¡Y esto no puede ser! Yo he pagado una entrada como todos, tengo derecho a disfrutar de la película en mi intimidad. Me he propuesto no volver al cine a ver un film de animación. O más bien no volver a una en la que haya alta probabilidad de niños. Aunque los adultos también tenéis lo suyo, ¿eh…?

Patrick BatemanPrimero el niño de 5 o 6 años que se cree que yo debo de ser un mueble. Que pasa por encima de mis piernas y no se calla ni dos minutos seguidos. Que comenta todo lo que ocurre y no sabe lo que es susurrar siquiera. El padre que lo consiente y pasa de todo, claro. Y yo que no sé a quién arrancarle la cabeza del cuello, si al niño, o al progenitor. Después su amigo, un chiquillo que sí estaba bien educado y no dijo ni mu, solo alzó la voz en dos ocasiones para, con toda la razón del mundo, increpar al crío molesto proponiéndole que se callase, y este va y le replica: «Cállate tú». ¡Dios mío!, no sé como aguanto todavía sentado sin hacer nada. Tampoco podía faltar el primerizo, de unos 2 o 3 años, que ante una escena traumática marca Disney, se echa a llorar. Y la escena lo impacta tanto, al parecer, que tiene que llorar cada cinco minutos por lo sucedido o no está tranquilo. Y pide «casa, vamos, casa, casa», y la madre ea, que no quiere levantarse e irse de la sala con él (solo en la recta final cede, y menos mal). Y ya solo falta, para rematarlo, que en el mismísimo climax de la cinta, cuando más importante es estar involucrado en la historia, el mocoso malcriado pida agua a todo volumen, se levante incómodo de su butaca porque le debe picar el culo, y se ponga a mirar de un lado a otro de la sala porque sí, porque él es el rey y todos estamos allí para reirle las gracias y hacer lo que pida. Y ojito, todo esto una fila por delante de mí, justito justito delante de mis ojos. Si es que tengo el mejor asiento de toda la sala, ¡madre mía!, me ha tocado el gordo y yo sin saberlo. Por cierto, ¿quién tiene los santos huevos de tener el móvil con sonido y permite que suene el pajarito del WhatsApp hasta tres, ¡TRES! veces? ¡¿Quién?! ¡Que levante la mano que me gustaría introducirle con mucho gusto el aparato por el culo, con vibración infinita activada, a poder ser.

Shhh… Ya está. Ya está… No pasa nada. Tengo que aceptar que en la vida los especímenes como yo estamos en peligro de extinción. Ya nadie respeta el ritual del cine, si es que alguna vez lo respetaron. Que si hacen ruido al comer, que si levantan el móvil con la intensidad del brillo como si estuviesen en la superficie del sol, que si cuchichean cosas o dan patadas en mi respaldo… Os odio. A todos vosotros, gente que hace de una de mis pasiones favoritas una tortura pocas veces soportable. Gente que se cree que el cine es su casa o que por ir con los amigos ya tiene derecho a hablar y comentar. Padres y madres que malcriáis a vuestros hijos y dejáis que la sala a oscuras sea como un patio de recreo para ellos. Y me dan ganas de levantarme de mi butaca y daros un guantazo en la boca. A todos vosotros. Haceros comer las palomitas de un solo golpe. Me dan ganas de joderos a todos la película como vosotros me la jodéis a mí. Y lo digo en serio. Porque siempre ocurre algo. Es curioso que las veces que mejor he estado en el cine este año fuese con una sala casi vacía de gente; Ex-Machina, Mad Max: Furia en la carretera, La cumbre escarlata, Birdman… ¡Guau!, no sé por qué será. Es increíble, no me lo explico. En cambio, en pases con bastante gente, como el de Regresión… Oh, sorpresa, dos chicas muy majas riéndose de vaya usted a saber qué en una película que es de todo menos de humor. Aunque bueno, ya no sé ni de qué me sorprendo, si cuando comienza la cinta y aparece el nombre de Amenábar, las muchachas, muy majas ellas, dicen; «Ah, que esta es española». Nada, el que va al cine como el que va a comprar pan a la panadería. Así después ocurre lo que ocurre.

Os odio. Ojalá una utopía en la que no existieseis. O una en la que hubiese dos clases de cines; cines para la gente que no se puede estar callada y desea que todos oigan su opinión (en lugar de reservársela para cuando termine la sesión, que es lo puto correcto, ¡imbéciles!), y cines para los que de verdad quieren ver una película y respetan el acto de verla. Dios… me entran escalofríos solo de pensar en cómo estará la sala para ver el episodio VII de Star Wars. Tengo miedo. Mucho. Ya no sé si colar gominolas en el bolsillo de mi chaqueta o colar una navaja para ir cortando cuellos… Y después la gente se sorprende de que alguien compre todas las entradas de un pase para ver cine solo. Yo también lo haría, si fuese rico. Mejor, si fuese rico compraría un cine entero solo para mí. Un bonito sueño ese, ¿verdad? Un sueño plácido, desde luego. Ay… que a gusto me he quedado. ¿Veis? Por estas cosas es bueno tener un blog. Gracias a esto hay un psicópata menos suelto por el mundo. A no seeeer…

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