Reflexión | Las mentiras que les contamos a los niños

RegalosOs quiero contar una curiosa historia que sucedió hace bastantes años, cuando yo tenía unos cuatro o cinco inviernos a mis espaldas. Es una historia navideña, pero ya os aviso que no tiene un final feliz. Ocurrió, como digo, durante un invierno. Veréis, mis padres nunca se habían (ni se han) caracterizado por ser especialmente habilidosos o discretos a la hora de comprar los regalos de Navidad. Quizás hay gente que no sabe o no conoce el arte de la discreción para estas cosas, sea como fuere, ellos no lo ocultaban muy bien. Quiero decir, yo en aquella época era un niño inocente todavía que creía en magia y en Papá Noel y en Los Reyes Magos y ellos la verdad es que no ponían mucho empeño en mantener la ilusión a flote. Recuerdo que hablaban casi abiertamente acerca de los regalos, de cuándo tenían que ponerlos bajo el árbol, o temas así, sin ser muy reservados. Hablando con ese tono pícaro en la voz ante mí, susurrando o chismorreando medio a escondidas, como si el niño no fuese a darse cuenta. Como si el niño fuese aún muy tonto para fijarse.

El caso es que quizás sí fuese todavía así de tonto para no ver las cosas como eran en realidad. Pero bueno, a lo que iba, la historia. La historia en cuestión es que aquellas navidades mi querido hermano mayor estaba confabulando contra mis padres. O eso creo. Porque todo lo que os voy a contar es lo que yo recuerdo y no sé si pasó exactamente así. El caso es que yo creo que por aquel tiempo mi hermano ya se había enterado de todo el follón, de las mentiras y la caída del mito mágico. Así que puede que estuviese algo enfadado con mis padres por esas perversas falsedades, y puede que desease compartir su rabia con su queridito hermano pequeño. Hacerme cómplice de aquella huelga; «¡Abajo el consumismo, ya no más mentiras, fuera las máscaras padres malvados!». Bien, decidido como estaba a hacerme ver a mí la realidad, decidido a chafarme la querida sorpresa antes de tiempo, me desveló todo un día de golpe.

Si mal no recuerdo ocurrió de la siguiente forma: mis padres acababan de comprar regalos con su típica poca delicadeza. Mi madre había puesto alguna excusa tonta para dar tiempo a que mi padre envolviese los regalos, y nosotros estábamos ya en el coche. Mi padre volvió y guardó bolsas en el maletero. Continuamos el viaje. Más adelante ellos hicieron una pausa en el supermercado y, por motivos que desconozco, mi hermano y yo nos quedamos en el coche esperando. Si mi memoria no me falla, o me confunde, mi hermano me dijo algo tal que así: «¿Quieres ver una cosa? ¿Sabes que Papá Noel y Los Reyes Magos no existen?» Y yo contesté algo así como respuesta estándar número uno: «¡Eso no es verdad! ¡Cállate!» Pero no sirvió de nada. Mi hermano siguió con grandes argumentos a su favor: «¡Que sí! ¿Quieres verlo? Los regalos no los traen ellos, los compran papá y mamá». Yo seguramente, ya algo asustado, exclamé: «¡No!» Y él le puso la guinda al pastel: «Es la verdad. Los regalos están ahora en el maletero del coche. ¿Quieres verlos? ¡Pues mira!» Entonces abatió un asiento trasero del coche y me enseñó el contenido del maletero.

Ho, ho, ho! Todo es una mentira!

Lo siguiente que tengo en la memoria de ese momento es un enfado considerable. Quizás también algo de decepción, de tristeza. Me sentía engañado, puede que utilizado. Puede que también me cabrease con mi hermano y con mis padres. Y creo que después ellos volvieron del supermercado y al verme en ese estado, hicieron que mi hermano confesase el crimen. Bien, pues esta es mi historia navideña. Así es como descubrí las mentiras de Papá Noel, Los Reyes Magos, puede que también El Ratoncito Pérez, y demás. A muy temprana edad, dirían algunos, pero creo que hasta le debo dar las gracias a mi hermano por abrirme los ojos tan pronto. ¿Fue un golpe duro? Es posible. ¿Necesario? Quizás. No lo sé. El caso es que por estas fechas siempre me da por reflexionar un poco sobre esto. No entiendo estas mentiras que les hacemos creer a nuestros niños. Es absurdo. Montamos todo un teatro alrededor de esta fiesta, creamos historias, farsas repletas de felicidad y perfección, y después, llega el día inevitable en el que todo esto se cae. Ocurre siempre. ¿De qué vale entonces todo el espectáculo?

Entiendo perfectamente que esto se mantenga por tradición, por consumismo, o por lo que sea. Es más, me parece genial que existan estas figuras, como si fuesen un cuento infantil más, como Caperucita Roja o Los tres cerditos. Muy bien, eso es fantástico. Pero esto es otro extremo. Les hacemos creer una cosa a los niños, y luego llega el momento de que se topen con la dura y cruda realidad. A algunos incluso nunca se les llega a decir nada, se espera hasta que ellos solitos lo descubran con la edad, en el colegio o por lo que sea. Realmente me parece incluso macabro. Es cierto. ¿Por qué no podemos buscar otro método? No sé, yo preferiría mil veces más que simplemente al llegar las fechas navideñas, nuestros padres nos dijesen que podemos pedir regalos, que es una tradición regalar cosas a tus seres queridos en esas fechas. Y punto. ¿No pensáis lo mismo vosotros? En fin, que quizá soy un incomprendido y estoy diciendo tonterías y algunos pensaréis ahora que soy idiota. Yo que sé. Solo quería dejar esto por aquí. Mi niño interior puede que todavía siga algo traumatizado, por eso el adulto que llevo dentro intenta defender otros posibles casos de niños que vayan a tener que pasar ese trauma. Qué se le va a hacer…

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