Reflexión | ¿Están condenados a morir los videoclubs?

Están condenados a morir los videoclubs

Llevo un buen tiempo con este sentimiento mezclado de nostalgia, añoranza y algo de incertidumbre rondando alrededor de mí. Es una combinación de recuerdos, otras veces de pensamientos surgidos de mi imaginación, o simples preguntas lanzadas al aire sin respuesta alguna. ¿Están condenados a morir los videoclubs? Es más, ¿alguien sigue yendo a los videoclubs? Sí, alguien sigue, seguro, no me cabe duda. Pero es obvio que es un negocio que está de capa caída. Hoy quería hablar un poco sobre ello. Y conocer también vuestras opiniones o historias si tenéis al respecto.


Glorias del pasado


Una de las cosas en las que pienso cuando me viene la palabra videoclub a la mente es; ¿los niños de hoy en día saben lo que es eso? Es decir, yo crecí con ese negocio a pocos pasos de mi hogar. Cualquier otro de mi generación o cualquier otro más mayor sabe lo que es y si vive en una ciudad tendrá o habrá tenido uno cerca, a pocos minutos, e incluso puede que haya alquilado películas en él. Pero realmente me parece un negocio, ya no destinado a desaparecer, sino uno que está cayendo en el olvido poco a poco y, por lo tanto, dejará de tener relevancia para las nuevas generaciones. Por eso la pregunta de los niños. Al igual que el teléfono móvil con tapa, por ejemplo (de los que no hace muchos años), o las consolas portátiles de mi niñez (GameBoy Color), o aquellas enormes consolas de sobremesa que funcionaban con cartuchos como la Nintendo 64 o la SNES, todos ellos objetos que los niños de hoy en día no reconocen y les parecen reliquias sin importancia del pasado, los videoclubs están tomando el mismo camino para ellos. ¿Ha entrado en los últimos años alguna vez un niño en un videoclub? No lo sé… (ni siquiera yo he entrado, hace muchísimo que no entro a uno) La verdad es que no me he parado a preguntarle a ninguno, ni ocasión he tenido, pero en fin, creo que puedo sacar una conclusión de mi cabeza no muy alejada de la realidad…

Esto también me lleva, por supuesto, a evocar una de mis mejores etapas como niño y adolescente. Son unos recuerdos agradables que guardo con mucho cariño por la sencillez que poseen. Veréis, en mi pequeña ciudad teníamos un videoclub a cinco minutos andando desde mi casa. Mis padres no solían alquilar muchas películas, y yo tampoco, pero adoraba aquel lugar porque, como muchos otros videoclubs, tenían videojuegos en alquiler. Por aquellos años yo tenía una PlayStation 2, pero no el dinero como para comprarme juegos cada semana o cada mes. Así que por un módico precio podía bajar al videoclub, alquilarme un juego para todo el fin de semana, y disfrutar como un enano aquellos preciados días, quemando el disco dentro de la consola de tal uso que le daba (metafóricamente hablando). Aquel videoclub era como una mina de oro para mí. Recuerdo cómo cada viernes bajaba con el dinero agarrado a mi mano, emocionado por ir a ver qué juego alquilaba ese día. Era genial. Llegar allí y saludar al chico de la tienda, pasar al pasillo de videojuegos y ponerme a mirar las carátulas. Podía pasarme muchísimo tiempo allí, simplemente decidiendo qué alquilar. En una época en la que no tenía ni siquiera internet ni compraba muchas revistas de videojuegos, en una época inocente en la que todo era fiarse del instinto de uno y de la contraportada del juego, la elección final tenía un peso casi místico y acaramelado.

Y así pasaban mis días. Cada fin de semana, periódicamente, bajaba a alquilar un videojuego y cuando llegaba el lunes tocaba devolverlo. Por lo general y aunque parezca irreal, me daba tiempo a terminar el juego en aquellos pocos días, y si no era así, el fin de semana siguiente lo volvía a alquilar. Aunque no todo era alegría, porque había veces que llegaba y el título que más me gustaba ya estaba alquilado por otra persona. Llegar y ver que no estaba solía ser una decepción, pero también un impulso para buscar algún otro juego interesante que pudiese sorprenderme. Sin embargo los años fueron pasando y yo me hice más mayor, y el videoclub se quedó un poco rezagado con juegos solo de PlayStation 2, cuando ya habían salido consolas más modernas. Y tiempo después, el videoclub finalmente cerró, imagino que por falta de clientes, como es obvio. Y ahora ahí sigue el local, siempre cerrado, ni siquiera traspasado ni vendido, solo cerrado.

Aquella fue una época magnifica para mí. No fui un niño muy sociable y en una determinada edad dejé de bajar al parque a jugar con tazos y subir a los árboles. Entre la niñez y la adolescencia lo de alquilar juegos fue casi un vicio insano. Pero fueron muchas las horas de diversión que me procuraron. Había más videoclubs en mi pequeña ciudad, ¿y adivináis qué es de ellos? Exacto, cerrados también. Ahora mismo no lo puedo saber a ciencia cierta, pero creo que solo queda uno en pie, y me parece que es solo de películas. Claro que empresas como GAME tienen alquiler de videojuegos y esto supongo que se está manteniendo en pequeña medida, pero, ¿el negocio como tal está realmente destinado a desaparecer? Con la llegada de plataformas como Netflix, que te permite ver cientos de series que quieras y cuando quieras, u otras plataformas de internet en las que también alquilas películas o compras videojuegos, parece que los videoclubs tradicionales están más destinados a desaparecer que nunca. Claro que siempre quedará esa gente que le gusta lo físico y el hecho de bajar a la tienda para tener un trato humano con el dependiente, o ver entre las estanterías los últimos estrenos, pero en verdad parece que internet está comiendo mucho terreno en este sentido (igual que en gran cantidad de otras cosas).

No sé a dónde irá a parar todo esto exactamente, pero no creo que de aquí a cinco o quince años los videoclubs sigan estando como hasta ahora. Todo se verá… Yo por lo menos me quedo con aquellos preciados recuerdos, tantos y tantos títulos que pude disfrutar gracias a aquel videoclub. Sé que es algo que no olvidaré jamás. El niño que hay en mí no lo olvidará.

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