Nunca más es mucho tiempo / Fragmento de La carretera

La carretera
La carretera (The Road)

Hacía ya un tiempo que no dejaba caer por el blog algún extracto o fragmento que me gustase de un libro, y la verdad es que ya iba tocando (además, en nada va ser el día del libro, por lo tanto como se suele decir; dos pájaros de un tiro). Recientemente he leído La carretera (The Road), la obra ganadora del Pulitzer de Cormac McCarthy publicada en 2006, y no he podido resistirme a compartir con vosotros un breve pero estupendo trozito de esta novela que, si te lo propones, puedes leerte en unas pocas sentadas.

Para matizar diré (y esto es algo que los que me seguís desde los principios seguramente ya sabéis) que tengo una conexión especial con esta obra. La carretera me marcó mucho en su día, pero en concreto no hablo del libro, sino de la película de 2009 dirigida por John Hillcoat y protagonizada por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee. En esencia claro que es como si me hubiese marcado el libro, porque la peli es una adaptación bastante fiel y muy bien llevada a la pantalla. Y es curioso, pero no ha sido hasta hace poco que me he puesto a leer el libro. Llego algo tarde, lo sé, pero os digo que merece muchísimo la pena, tanto novela como película son dos enormes obras que recomiendo. Los que me conocéis mejor ya sabéis que la peli me inspiró para crear mi primera novela; Pesadillas del Futuro, de la que tanto hablé por el blog cuando comencé con él. No voy a repetirme más en eso ahora porque no es el momento, pero quería mencionarlo para que seáis conscientes de lo mucho que me gusta esta historia.

Y no me voy a extender mucho más. Podéis saltar directamente al fragmento de más abajo, pero si os interesa conocer un poco más de la obra y de mi opinión, quedaros un rato más en este párrafo. La carretera es una novela post-apocalíptica cruda y seca como solo el propio McCarthy (autor de por ejemplo No es país para viejos o la trilogía de la frontera) es capaz de crear. La historia se reduce al mínimo exponente, con solo dos protagonistas, un padre y su hijo, sobreviviendo a un mundo futuro que se ha ido al garete por, suponemos, un cataclismo a escala global. Entre penurias, fríos, enfermedades y hambres vemos como estos dos personajes sin nombre luchan por alcanzar algo de lucidez y bienestar en un mundo que lógicamente ya no posee nada de esto. Se trata de un libro corto pero cargado de matices y sentimientos, con algunas escenas de acción contenida que hacen que no te quieras despegar de él y algunos de los diálogos más curiosos que he leído nunca (sin el uso de guiones, por cierto). Y esto es precisamente lo que más destaco, el uso escueto de las conversaciones que hace McCarthy (sobre todo entre padre e hijo), y algún que otro pequeño encuentro que tienen con otros personajes (que ya os digo que son apenas un puñado) que crean momentos brillantes e irrepetibles. Por eso he querido seleccionar el fragmento que sigue, pues se trata de uno de esos intercambios que tienen padre e hijo tan especiales y, en parte, tan bonitos.

Si sois fans del género, este es un indispensable. Y si solo queréis una novela cruda de supervivencia realista o casi minimalista, aquí tenéis también un trabajo increíblemente absorbente que estoy seguro que disfrutaréis. Es un libro único en su especie.

A las afueras de la ciudad llegaron a un supermercado. Varios coches viejos en un aparcamiento sembrado de desperdicios. Dejaron allí el carrito y recorrieron los sucios pasillos. En la sección de alimentación encontraron en el fondo de los cajones unas cuantas judías verdes y lo que parecían haber sido albaricoques, convertidos desde hacía tiempo en arrugadas efigies de sí mismos. El chico le seguía. Salieron por la puerta de atrás de la tienda. En el callejón unos cuantos carritos, todos muy oxidados. Volvieron a pasar por la tienda buscando otro carrito pero no había ninguno más. Junto a la puerta había dos máquinas de refrescos que alguien había volcado y abierto con una palanca. Monedas esparcidas por la ceniza del suelo. Se sentó y paseó la mano por las tripas de las máquinas y en la segunda palpó un cilindro frío de metal. Retiró lentamente la mano y vio que era una Coca-Cola.
¿Qué es, papá?
Una chuchería. Para ti.
¿Qué es?
Ven. Siéntate.
Aflojó las correas de la mochila del chico y dejó la mochila en el suelo detrás de él y metió la uña del pulgar bajo el gancho de aluminio en la parte superior de la lata y la abrió. Acercó la nariz al discreto burbujeo que salía de la lata y luego se la pasó al chico. Toma, dijo.
El chico cogió la lata. Tiene burbujas, dijo.
Bebe.
El chico miró a su padre y luego inclinó la lata para beber. Se quedó allí sentado pensando en ello. Está muy rico, dijo.
Así es.
Toma un poco, papá.
Quiero que te la bebas tú.
Solo un poco.
Cogió la lata y dio un sorbo y se la devolvió. Bebe tú, dijo.
Quedémonos aquí sentados un rato.
Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?
Nunca más es mucho tiempo.
Vale, dijo el chico.

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