The Last Guardian y el deleite visual

The Last Guardian es uno de esos particulares juegos que cosechan más atención durante su desarrollo, que durante su etapa en el mercado. La última obra hasta el momento de Fumito Ueda se ha ganado, no sin razón, todo tipo de opiniones que van desde las mejores alabanzas, hasta las quejas y decepciones más profundas. Está claro que es un título que no deja indiferente a nadie entre su público.

Hace unas semanas pude jugarlo por fin, y, me entraron unas súbitas ganas de escribir sobre él. Finalmente así lo hice y mi texto se publicó a modo de artículo para La piedra de Sísifo. Sin embargo, quería rendirle también tributo en mi canal convirtiendo mis palabras en vídeo. Y hoy estoy aquí para mostraros el resultado, uno del que estoy muy orgulloso porque le he puesto mucho cariño y dedicación, y creo que he conseguido alcanzar mis mejores cotas de calidad. Para mí se encuentra ya fácilmente entre mis vídeos favoritos del canal, y espero que para vosotros también sea así.

En fin, aquí os lo dejo. No es un análisis al uso. Ni tampoco una crítica. Son pequeñas pinceladas sobre detalles que hacen de este un juego único e inolvidable. Un enfoque diferente, para una obra diferente.

[The Last Guardian y el deleite visual]


¿Habéis jugado a The Last Guardian?
¿Qué os parece este juego?

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Reflexión | Las mentiras que les contamos a los niños

RegalosOs quiero contar una curiosa historia que sucedió hace bastantes años, cuando yo tenía unos cuatro o cinco inviernos a mis espaldas. Es una historia navideña, pero ya os aviso que no tiene un final feliz. Ocurrió, como digo, durante un invierno. Veréis, mis padres nunca se habían (ni se han) caracterizado por ser especialmente habilidosos o discretos a la hora de comprar los regalos de Navidad. Quizás hay gente que no sabe o no conoce el arte de la discreción para estas cosas, sea como fuere, ellos no lo ocultaban muy bien. Quiero decir, yo en aquella época era un niño inocente todavía que creía en magia y en Papá Noel y en Los Reyes Magos y ellos la verdad es que no ponían mucho empeño en mantener la ilusión a flote. Recuerdo que hablaban casi abiertamente acerca de los regalos, de cuándo tenían que ponerlos bajo el árbol, o temas así, sin ser muy reservados. Hablando con ese tono pícaro en la voz ante mí, susurrando o chismorreando medio a escondidas, como si el niño no fuese a darse cuenta. Como si el niño fuese aún muy tonto para fijarse.

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