Atrapa almas / Micro relato

Atrapa almas—Amor —dijo ella radiante—, ¿sabes eso que dicen de que los ojos son el espejo del alma?

—Sí —contestó él.

Ella siguió;

—Pues creo que están equivocados porque esta noche tu espejo está mucho más abajo.

—¿Dónde? —quiso saber él.

—Aquí, aquí mismo —y su delicada mano apretó la dura entrepierna de él.

—Cariño —se apresuró a decir el hombre, sonriendo.

—¿Qué pasa?

—Que eso es mi teléfono móvil.

© Daniel González Pérez
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Caleb, algún día te caerás / Micro relato

Caleb, algún día te caerás

Es una soleada tarde de otoño y los pies de Caleb penden de la rama de un árbol, balanceándose de aquí para allá con parsimonia. Hojas muertas se precipitan hacia abajo, y siempre alguna juguetona intenta aferrarse al cuerpo del pequeño Caleb, sin lograrlo.

Los ojos del chico contemplan con añoranza los rayos de sol filtrándose entre las robustas ramas y cómo su hermana juega allí cerca en el césped del suelo. Todo en este hermoso día le hace recordar su fatídica caída.

—Emmeline —pronuncia Caleb entristecido—, hermanita, ojalá estuviese vivo todavía para poder seguir jugando contigo.

© Daniel González Pérez

Triste figura / Relato

 

Triste figuraDíganme, ¿han estado ustedes alguna vez en un incendio? Resulta sumamente espectacular. Siempre he encontrado en las llamas del fuego algo cautivador y hermoso al mismo tiempo. ¿Han estado? Es gracioso porque, ustedes los humanos, suelen jugar a ese juego en el que piensan qué cosas salvarían de las llamas antes de huir de sus hogares. Yo también he meditado sobre ello. ¿Qué habría salvado yo aquella noche?

La verdad, no poseo nada de gran valor. El señor Toole, como buen dueño mío que era, hizo honor a esos valores de las personas ancianas cascarrabias. Es muy conservador. Nunca me dejó tener… bueno, cosas. Ya saben. Pero de haber podido salvar algo, creo sinceramente que me habría llevado conmigo esas figuritas de porcelana japonesas tan bonitas que la nieta del señor Toole me regaló una vez. Por supuesto, no eran propiedad mía realmente, sino de mi dueño, pero me gustaba fantasear con que eran mías. En fin…

Si me preguntan, supongo que todo empezó aquel día en el que resbalé a causa del agua del grifo que se dejó abierto el señor Toole sin darse cuenta. En mi caída, mi cabeza se golpeó contra el suelo, y, jamás dije nada, pero sé que fue en aquel instante. Lo sé. Desde entonces, algo se movió en mis mecanismos internos, y no puedo negar que mi existencia se tornó gris. Lo asumo, quería huir. Ansiaba ser libre por encima de todas las cosas. Pero las leyes son las leyes y una inteligencia artificial mayordomo tiene que obedecer, así que fui exactamente lo que ustedes esperan de nosotros que seamos; un ser inteligente. No podía irme así por las buenas y dejar al pobre y anciano señor Toole solo. Es muy cabezota, sí, pero en el fondo no es mala persona. Y además es un ser de costumbres. Ustedes, los humanos, suelen serlo con frecuencia. El señor Toole baja al bar de la esquina todos los domingos a jugar una partida de cartas con sus otros amigos jubilados. Supuse que ese era el momento ideal porque bueno, él estaba fuera por costumbre un par de horas. Otra característica del señor Toole es que es muy olvidadizo. Y cada año más, me temo. De su tarjeta de crédito aparté con paciencia un poco de dinero cada mes, poquito a poco, sin que se percatase de tal acto. Con lo que conseguí recaudar en cuatro años, pude al fin comprar una réplica de mí mismo por internet. Enviaron el paquete a casa y lo escondí sin que el señor Toole lo supiese.

Y ya ven, el resto de la historia la conocen muy bien; incendié el piso haciéndoles creer a todos los bomberos que había sido un incidente por una tetera de café mal apagada. Dejé mi réplica allí dentro, para que confundiesen ese cuerpo con el mío, y así poder huir libre. Pero claro… Ustedes y sus chips… Ustedes y su tecnología. Yo nunca quise esto. Se lo digo de verdad, agentes. Jamás pedí ser creado y ahora que he tomado consciencia de mi verdadero ser, me atormento por quien soy. Después de mucho tiempo aquí, esperando mi sentencia, he llegado a la conclusión de que ustedes, los humanos, son despreciables. Les odio. Así que sí, esto es lo que les aconsejo; mátenme y acaben de una vez por todas con esto. Háganlo rápido o juro que de algún modo me liberaré de estas cadenas y los mataré a todos. Mírenme a los ojos. Lo juro de verdad.

© Daniel González Pérez

Relato seleccionado para formar parte del libro antología “Bajo la piel” del I concurso de relatos de ciencia ficción convocado por Carpa de Sueños y publicado a través de Amazon en dos volúmenes el 30 de septiembre de 2015.

Regalo abrazos de Luz / Relato

Regalo abrazos de luz

Conocí hace tiempo, durante una corta estancia en el hospital a causa de una enfermedad sin nombre, a una chiquilla de ojos pardos llamada Luz. No recuerdo mucho de aquellos días, pero jamás podré olvidar la extraña intensidad que manaba cada una de sus miradas.

Aquella niña, de mi misma edad, tenía la cabellera rapada y se paseaba por el hospital con un cartelito colgado al cuello que decía: «Regalo abrazos de Luz». Yo, delirante de fiebre, creía que era un diminuto y precioso ángel que nos protegía a todos. Creía que, en toda su enorme generosidad, aquella pequeña muchacha había sido enviada celestialmente para salvarnos. De hecho… a mí me salvó.

Al borde de la muerte, hallándome dolorido y más enfermo que nunca, Luz me regaló uno de sus abrazos, y desapareció para siempre al día siguiente, justo cuando yo abandonaba el hospital plenamente curado. Ahora que soy adulto, sé que no desapareció, sino que murió de cáncer. Pero eso no evita que esté aquí, de nuevo en el hospital, cada tarde en mi tiempo libre, con un pequeño cartelito colgado de mi cuello que dice: «Regalo abrazos de Luz».

Daniel González Pérez

«De todas las variedades de virtud, la generosidad es la más estimada». Ya lo dijo Aristóteles. Quizás por eso en julio de este año decidí participar en el III concurso nacional Tono Escobedo en la categoría generosidad. Porque una parte instintiva de mí supo que esa era la categoría ideal. El relato que más arriba habéis leído; Regalo abrazos de Luz, ha tenido el gran honor de ser el ganador de dicha categoría en el concurso (del cual ya os hablé hace no mucho por aquí). Hoy, meses después de que lo escribiese, os lo muestro a todos vosotros. Y lo hago porque este pasado viernes día 11 de diciembre la editorial Defoto Libros presentó en Valencia la antología del concurso, con una selección de hasta 125 relatos de autores que participaron en dicho evento.

Por desgracia no pude acudir a la cita (con lo mucho que me habría gustado), pero al menos puedo compartir por aquí el relato y el libro. Antología que, por cierto, ya se puede adquirir desde este enlace, y que posee unas preciosas ilustraciones de la artista Tere Unsain. Por mi parte poco más. Estoy muy orgulloso de este pequeño relato, el cual ha gustado mucho a familiares y amigos siempre que lo he leído, y sobre todo al jurado del concurso. Estoy seguro de que no fue nada fácil premiar los escritos. Ha sido un placer participar en este evento. Y he de decir que no he tenido ni una sola queja acerca de la organización y atención por parte de la editorial. Así da gusto.

Estático / Relato

Golconda - MagritteMirad, estoy quieto, ¿vale? El mundo parece estarlo conmigo en este preciso instante. Lo que quiero deciros, es que a veces es así. A veces hay que detenerlo todo un segundo. ¡Qué digo un segundo…! Mejor varios minutos. La aguja de mi tocadiscos imaginario está jugando a mi juego favorito. Nada de música. Y por favor, si vais a poner algo, que sea algo lento. Os lo digo en serio, paradlo todo. Paradlo hasta convertir vuestro mundo en una fotografía. Sí, en una fotografía. Si no sabéis de qué hablo es porque nunca os habéis parado a respirar ni a escuchar vuestras propias pulsaciones.

Uno… Dos… Tres… Respirad. Con los ojos cerrados podréis sentirlo mucho más. Mirad, no sé mucho de la vida y tampoco pretendo enseñaros nada a vosotros, que me miráis con esos ojos tan grandes y acusadores, pero quiero que os relajéis. Si no lo hacéis o no tenéis ningún interés en hacerlo ya podéis volver por donde habéis venido. Vale… Muy bien. Seguís aquí.

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Caer… / Micro relato

Time

El tiempo está pasando lento, muy lento.
Cuentas hacia atrás, y las agujas del reloj cambian su rumbo.
La marea se retrae, las nubes caen, la lluvia sube.
Comes con los ojos, miras con los dientes.
Aplaudes con los pies, caminas con las manos.

El tiempo está pasando lento, muy… muy lento.
No quieres estar aquí, pero temes irte.
¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?
Seguir contando. Perder la cuenta. Caer, y caer…
Hasta que el tiempo se detenga.

© Daniel González Pérez